diumenge, 14 d’octubre de 2018

"Manifestantes con banderas españolas"

Aquesta setmana que acabem ha estat molt "moguda". Hem vist el "tacticisme" dels partits polítics catalans que ha portat a perdre algunes votacions (tot i tenir majoria), els atacs continuats de l' Estat espanyol a l' exterior i a l' interior (utilitzant la coacció i la mentida en un cas, i la por per l' altre).
Però també hem vist la reprovació del rei espanyol, la concentració de milers de persones a les portes de les presons i la solidaritat exemplar de la població catalana (xerrades, caminades, Cims per la Llibertat, etc, etc).
Per una altra part, hem vist el suport dels mitjans espanyols a "los manifestantes con banderas españolas, on es fan fotos Vox, Cs i PP. Ara toca blanquejar l' extrema dreta, fer-la "democràtica" amb tot el cinisme, negar el genocidi americà i fer que l' extrema dreta sigui una força política parlamentària a Espanya. mentre, preparen el judici als presos polítics, amb una sentència que podria ser exemplaritzant i venjativa contra l' independentisme per tal d' infundir més por. 
Tenim mala peça al teler, però ells també. Malament quan han de recórrer a blanquejar l' extrema dreta i treure-la als carrers.
Els mitjans espanyols fan una feina difícil d' assimilar als paràmetres democràtics, amb excepcions lloables que tots coneixem. Us afegim un article de la publicació CTXT que fa una anàlisi de la situació espanyola i l' extrema dreta:

 
13 DE OCTUBRE DE 2018
Principio del formulario
Final del formulario
Principio del formulario
Hace unos días, después del sold out de Vox en Vistalegre, la presentadora Ana Pastor se preguntaba en El Objetivo cómo abordar desde los medios de comunicación la pujanza de la extrema derecha en España. En un ambiente de perplejidad y preocupación, cuatro tertulianos desmenuzaban las claves del abascalismo y se unían al desconcierto general de los grupos de prensa. Qué hemos podido hacer mal, nos gustaría saber, para que 10.000 personas jaleen discursos de odio y naftalina entre himnos legionarios y canciones de Manolo Escobar. Soy el novio de la muerte, Puigdemont a prisión, a por ellos oé. Era el domingo de llevarse las manos a la cabeza, del ya lo dije yo, de tirarse de los pelos y de culpar a cualquiera que se tuviera a mano, a los independentistas, a las feministas, al buenismo, al carril bici.
Dos días después, olvidado ya el susto y sin indicios de escarmiento, la extrema derecha volvió a demostrar en Valencia que la memoria de algunos medios es frágil y volandera. Que el fascismo hispano, vestido de levita o de capucha, ha florecido entre titulares permisivos e incluso elogiosos, muchas veces al calor de los focos de la televisión, como si reivindicar la xenofobia o el legado de Franco fueran opciones respetables y dignas de propaganda. Este 9 de octubre otra vez han salido a las calles valencianas las consignas nacionalsocialistas, los polluelos rojigualdas, los Sieg Heil y los brazos extendidos a la romana frente a una inmensa multitud demócrata que no estaba dispuesta a admitir un nuevo episodio de agresiones ultras. “Manifestaciones de signo contrario”, rotulaba La Sexta. “Choque entre manifestantes afines al independentismo y un grupo de ciudadanos con banderas españolas”, había titulado Antena 3 un año antes mientras la ultraderecha salía de caza a puño limpio.
En demasiadas ocasiones, la normalización del fascismo no obedece a deslices esporádicos o a una predilección por los eufemismos sino a una meditada línea editorial. Cataluña se ha convertido este último año en un laboratorio de confusión mediática donde la necesidad de construir un relato contra el referéndum republicano exigía hacer la vista gorda ante las travesuras del españolismo más recalcitrante, su parafernalia nacionalcatólica, sus esvásticas tatuadas y sus incursiones violentas. En un informe basado en fuentes periodísticas y policiales, el fotoperiodista Jordi Borràs contabiliza 101 agresiones ultras durante los tres meses más intensos del proceso catalán. El propio Borràs terminó con la nariz fracturada después de que un inspector de policía de paisano le golpeara al grito de “viva España y viva Franco”. El desembarco de antidisturbios y la retórica belicista del 155 han alimentado en la prensa la cantinela de la mano dura que tan buenos réditos ha dado a Ciudadanos y que Vox ondea ahora con un rentable entusiasmo.
Nos asusta pensar en Vox como un fenómeno reciente, como una extensión carpetovetónica de la nueva extrema derecha europea. Sin embargo, aunque existan motivos comunes como el recurso a la alerta migratoria, la islamofobia o la exaltación nacional, es justo reconocer algunas características diferenciales en los ultras patrios. Después de todo, nuestra fachundia hunde sus raíces en la España victoriosa del 39 y sus diversas ramificaciones ya se manifiestan en las distintas familias del franquismo. Tenemos la fachundia católica a machamartillo, bisnieta de las jerarquías eclesiásticas y enemiga declarada de los derechos de las mujeres. Tenemos la fachundia obrerista, heredera del falangismo. Tenemos la fachundia armada, infiltrada en los cuerpos policiales y el ejército. Y tenemos la fachundialiberal, vestida de gestor intachable, retoño de aquellos tecnócratas del tardofranquismo que urdieron la transición como un traje a medida de las élites empresariales y financieras. Vox no es un fenómeno inédito ni inesperado, sino la expresión más desnuda de un régimen totalitario que se vistió de demócrata en el 78 sin haber purgado sus responsabilidades. Vox no es un alumno novato sino un fascismo longevo que ha sabido vestirse de camuflaje. Hace ya más de diez años, los que ahora son primeros espadas de Vox se manifestaban junto a la AVT contra la paz vasca negociada por Zapatero. Por entonces, aquella AVT de Francisco José Alcaraz ya lideraba su propia cruzada contra las mezquitas. No recuerdo que los grandes medios se atrevieran entonces a denunciar lo que se ha demostrado una incómoda evidencia: que algunos colectivos de víctimas han incubado durante años el discurso troglodita que el domingo pasado llenó Vistalegre.
Dice el periodista Pedro Vallín que la mejor contribución que pueden hacer los medios si quieren poner freno al fascismo consiste en no difundir su agenda. De nada sirve que comprobemos las modestas cifras de población inmigrante en España si los telediarios siguen generando una falsa sensación de invasión africana que Pablo Casado aprovecha para esparcir sus paparruchas etnicistas. Es inútil que demostremos los índices de criminalidad más anecdóticos del mundo si los matinales se regodean en la crónica de sucesos, en el morbo y en las vísceras. La apelación permanente a la seguridad ciudadana es el mejor fertilizante de la extrema derecha, sobre todo si se vincula con sutileza o con descaro a una tenebrosa plaga extranjera. Mirad a Xavier García Albiol, que estos días promociona sus aspiraciones a la alcaldía de Badalona con un vídeo casero en el que ejerce de matón de playa y paladín de la propiedad privada contra una familia de okupas. Haced caso a Vallín: no existe una guerra civil de lazos amarillos, no hay excarcelaciones masivas de terroristas, no hay hordas de manteros que arruinan el comercio minorista ni padecemos una invasión de narcopisos. Hay, eso sí, un periodismo infiel a la verdad y yonqui de escándalos y audiencia.
“Manifestantes con banderas españolas”, llamaba TVE a los fascistas del Movimiento Aragonés Social que en septiembre de 2017 acorralaron a los militantes de Podemos en su asamblea de Zaragoza. “Personas con banderas españolas”, llamaba Antena 3 a los nazis de Hogar Social Madrid que increpaban a Joan Josep Nuet y Anna Simó en la estación de Atocha el pasado noviembre. Uno de los exaltados, por cierto, resultó ser portavoz sindical de la Policía de Madrid. También en noviembre, El Mundo relataba la lacrimógena historia de una pareja que se tuvo que ir de Mallorca porque “los vecinos les llamaban fachas”. Ella resultó ser miembro de la Fundación Círculo Balear, un colectivo de extrema derecha entretenido en la persecución contra la lengua catalana. Ya en diciembre, no hubo medio que no abriera sus brazos a Cristina Arias, la consternada vecina de Balsareny que denunciaba un intento de homicidio por culpa de la bandera rojigualda de su balcón. La agresión homicida resultó ser un minúsculo fuego en un portal y la afectada resultó ser simpatizante del grupo ultra Hermandad Hermanos Cruzados. “El mural de apoyo a los condenados de Alsasua provoca altercados en Valencia”, titulaba en junio el ABCmientras España 2000 vandalizaba una obra del artista Elías Taño y desafiaba a la policía. “¿Dónde van los fascistas españoles de vacaciones?”, se preguntaba Vice en marzo de 2017 en un reportaje sobre las excursiones de los pupilos de Melisa D. Ruiz. “Matteo Salvini: el hombre que se ríe de Europa”, llevaba a portada XL Semanal el pasado julio con una sensual estampa del ministro italiano semidesnudo entre sábanas.
Los ejemplos se multiplican y es difícil poder atribuirlos a un descuido inocente o a la mala praxis de un becario inexperto. Parece más bien que las grandes corporaciones de la información, al son del orden establecido, utilizan la extrema derecha como una vacuna frente a las insurrecciones populares. Nos inoculan pequeñas dosis controladas de la enfermedad para después proponer a los suyos como milagro terapéutico. El fascismo sirve al poder para establecer una falsa simetría con la izquierda militante y ocupar por descarte el justo fiel de la balanza. El estribillo perverso de los extremos que se tocan. La extrema derecha es el portero de discoteca del capital, el maromo hormonado que garantiza el derecho de admisión a los dueños del cortijo. Lo decía Nuria Alabao en estas páginas: necesitamos un periodismo antifa que no permita concesiones al programa político de la intolerancia y el miedo. Un periodismo que señale cualquier atisbo de manga ancha con los discursos de odio. No basta con llevarse las manos a la cabeza ante el ascenso de Vox, hay que preguntarse también quién lo fomenta. Y por encima de todas las cosas, esta es la clave, hay que preguntarse a quién beneficia.